Luces de Bohemia.

Hasta el 5 de mayo. Fundación Mapfre.

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Isidre Nonell, CONSUELO, 1904

La ruta de los gitanos.Tópicos y leyendas.

Desde su llegada a Europa hacia 1420, los gitanos ejercieron una enorme fascinación entre pintores y escritores. Numerosos mitos y leyendas popularizaron tópicos en torno a los gitanos y, hasta la Ilustración, fueron a menudo retratados prediciendo el futuro o ligados al mundo de la danza, el teatro y el baile. A partir del siglo XVIII, el tema de “la buenaventura” cobró un nuevo auge de la mano de pintores galantes que, como Boucher o Watteau, trataron la figura de la gitana como personaje pintoresco que anunciaba el cortejo amoroso.

De forma paralela, la naturaleza se estableció como escenario predilecto para la representación de los gitanos, debido a la asociación que tópicamente se hacía entre esta etnia y la vida errante, tan opuesta a la sedentaria vida en la ciudad. Los campamentos bohemios en el paisaje serán entonces uno de los asuntos más representados, tal como muestran las obras que aquí se exponen de Teniers (The State Hermitage Museum, San Petersburgo), Morland (The State Hermitage Museum, San Petersburgo / Musée du Louvre, Département des Peintures, París) o Gainsborough (Tate, Londres). En estos paisajes, los gitanos ayudaban a poner la nota pintoresca pero, además, encarnaban una nueva armonía entre el hombre y la naturaleza, para la que era necesaria una vida desligada de las fuertes estructuras burguesas.

Con la llegada del realismo, el prestigio de la comunidad errante aumenta: “acabo de iniciarme en la gran vida vagabunda e independiente del gitano”, escribía Courbet en 1853; mientras, Baudelaire se proponía, en Mi corazón al desnudo (1859-1863), “glorificar el vagabundeo y lo que se podría llamar el Bohémianisme [gitanismo]”.

A partir de Courbet y Manet, la presencia de las clases marginadas en el arte resulta cada vez más frecuente. Este asunto permitía a los realistas escapar de la estrecha jerarquía de los géneros académicos, para buscar un arte más sincero, que mostrara la verdadera realidad de la vida moderna. La gitana y sus hijos, de Courbet (Colección particular) o El bebedor de agua de Manet (The Art Institute of Chicago) representan esta aspiración de acercamiento a lo real y de alejamiento de los estereotipos románticos sobre los gitanos. Por su parte, Vincent van Gogh resume de forma magistral en Las caravanas (Musée d’Orsay, París) estos conceptos.

El mito de la gitana.

Los temas españoles gozaron, durante el Romanticismo, de un enorme prestigio entre los artistas instalados en París. En los gitanos españoles encontraron la posibilidad de retratar una realidad tan cercana como diferente, a través de principios estilísticos heredados de la tradición de Velázquez y Goya. Buena muestra de esta tendencia son las dos obras de Sargent aquí presentadas,Campamento gitano (Addison Gallery of American Art, Philips Academy, Andover, Massachusetts) y El baile español (The Hispanic Society of America, Nueva York), que reflejan la fascinación por nuestro país.

En este contexto, la gitana ocupó un lugar fundamental: el mito tradicional encarnado por La gitanilla de Cervantes, y renovado por la Esmeralda de Victor Hugo y por la Carmen de Mérimée (y más tarde, por la versión operística de Bizet), se impone durante el siglo XIX como símbolo de la provocación, la libertad, la sexualidad y la alteridad de la gitana española. Figura capaz de albergar significados muy diferentes, su presencia se hace más fuerte conforme avanza el siglo XIX, hasta el punto de que ningún artista es capaz de escapar a su embrujo.

Esta sección cuenta con obras míticas en las que la imagen de la gitana adquiere diversos matices: bien se alejan de los estereotipos, como en el caso de Nonell o Sorolla, bien inciden en el decorativismo sensual de la gitana, como en el caso de Van Dongen, Manguin o Anglada-Camarasa.

El artista moderno.

El movimiento romántico afianza profundamente esa misma libertad para el arte. Su oposición a las convenciones burguesas rompe el pacto entre la sociedad y el artista, y permite que éste se apropie de aquellos rasgos tradicionalmente asociados a las comunidades errantes. Dentro de los “cenáculos”, la autoafirmación de la libertad y la individualidad del artista pasa a ser el rasgo más sobresaliente.

Goya aparece como el primer gran artista moderno, que autoafirma su genio creador. Su Autorretrato ante el caballete (Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid) preside esta sección, junto con elAutorretrato atribuido a Delacroix (Musée des Beaux-Arts, Ruan) o el Retrato de Charles Baudelaire de Émile Deroy (Musée National des Châteaux de Versailles et de Trianon, Versalles).

La popularización de la bohemia viene de la mano de Henry Murger y sus Escenas de la vida bohemia –publicadas en fascículos en Le Corsaire-Satan entre 1845 y 1849–, obra que, junto a su posterior puesta en escena en 1896, en la famosa ópera de Puccini La Bohème, consagran de manera definitiva el pequeño mundo de los cafés, de los aspirantes a pintor y de los poetas debutantes. Los jóvenes artistas adoptan entonces los códigos de esta vida –penurias económicas, hambre, aislamiento social– como un pasaporte necesario hacia la gloria futura. Daumier ironiza en sus litografías sobre las aventuras de los artistas bohemios, contribuyendo a configurar los tópicos que perduran hasta la actualidad.

Conforme avanza el siglo XIX, el artista progresa en esa identificación con el caminante vagabundo que marca la senda que ha de conducir a un arte nuevo y a una vida, aunque más dura, más verdadera. Ma Bohème, de Rimbaud muestra la vida errante como el camino de la creación. Un par de botas (Van Gogh Museum, Ámsterdam), de Van Gogh, se consagra al respecto como el testimonio plástico más evidente.

Montmartre y otras escuelas de la bohemia.

A finales del siglo XIX, la bohemia se identifica con Montmartre. La butte se convierte en el centro de la vida artística nocturna en torno a los cabarés Le Chat Noir, Au Lapin Agile y el Moulin de la Galette. Desde Van Gogh a Toulouse-Lautrec, desde Rimbaud a Satie, todos sienten su influjo. Un ambiente que queda magistralmente representado en esta muestra con la obra de Signac El Moulin de la Galette(Musée Carnavalet – Histoire de Paris, París) o con el Rincón de Montmartre (Van Gogh Museum, Ámsterdam) de Vincent van Gogh.

Los artistas españoles se sentirán profundamente atraídos por este mundo creativo sublime y melancólico: Santiago Rusiñol y Ramón Casas lo viven en primera persona, y tratan de emularlo en Barcelona, en el ambiente de Els Quatre Gats, a la vez que relatan y pintan su aventura bohemia en torno al Moulin de la Galette.

En Barcelona, Picasso leerá las primeras revistas de vanguardia, y se encenderá su deseo de viajar a París, donde vivirá una bohemia intensa y trágica, protagonizada por el suicidio de su amigo Casagemas. Azoteas de Barcelona(Museu Picasso, Barcelona) muestra una melancólica visión azul de los tejados de la ciudad, en un momento en el que Picasso hacía entrar a la pintura en un mundo moderno, completamente nuevo.

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